La demoledora

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En Nelyubov (Sin amor), mejor título no podría haberse escogido, la pareja rusa del burócrata Boris y de la guapa Zhenya se mantienen en odio y destrucción constante al punto de querer deshacerse del nido donde pusieron sus falsas ilusiones, para seguir cada uno su camino de amantes –la de ella, hombre maduro estable, la de él, joven ya embarazada– con quienes urge ya tener una nueva vida; a pesar de que ambos tienen la responsabilidad de criar a un solitario preadolescente sensibilizado por la separación, pero ignorado al punto de querer ponerlo, cual si fuera una estorbosa mascota, en un internado donde se harán cargo de él, para que no cause más desazón. De hecho, la misma madre, en estado de sinceridad extrema, reconoce no haber querido tener al chico, después de descubrirse embarazada de un tipo del que nunca se enamoró.

Es así que el odio extremo, principalmente el de la mujer hacia su ex, va engendrando la peor de las desgracias, cuando el chico desaparece sin dejar el menor ratro y la misma policía se reconoce sumida en la ignominia burocrática, al punto de recomendar que los padres en eterna disputa mejor acudan a una ONG que puede obtener resultados óptimos, al usar métodos más efectivos que los de los “expertos”.

Así, el autor absoluto Andrey Zvyagintsev demostrará, como lo hizo en su anterior monumental Leviatán (2014), que se dice más con las imágenes en un simple cierre de puerta que revela al desgarrado chico, Matvey Novikov, el mejor actor de la cinta, en perpetuo llanto por la ruptura de los infelices –entiéndase la palabra como adjetivo– padres que sólo quieren seguir su vida de tinto y sexo sin consecuencias.

¡Maravilla!




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