LA LA LAND: CIUDAD DE SUEÑOS

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POR: GONZALO “SAYO” HURTADO

La tercera película del realizador de Whiplash, Damien Chazelle, propone una mirada nostálgica al Hollywood de la época de oro con una historia en la que la frontera entre éxito y fracaso es frágil

Precedida por su triunfo en los Globos de Oro -donde se hizo de 7 trofeos de 7 posibles- y su gran número de premios y nominaciones en casi todas las asociaciones de la crítica estadounidense, La La Land tuvo un estreno para Latinoamérica en octubre de 2016 en el marco del Festival de cine de Morelia; México, en el que también causó honda impresión en un sector de la prensa especializada.

Sabido es que cada cierto tiempo, la industria hollywoodense necesita volver a las raíces de los géneros que tanto éxito le redituaron en el pasado, pero por supuesto, no todos los ejemplos son comparables. Un western crepuscular como Los imperdonables (1992) de Clint Eastwood no supuso un renacer del género, así como la novedad de El artista (2011) de Michel Hazanavicius no pasó del homenaje decorativo a la época del cine mudo.

Esa idea de sorprender desde un registro que ha perdido el brillo de antaño fue lo que aparentemente sedujo a Damien Chazelle, quien le da una vuelta de tuerca a la idea del músico y artista en formación como lo hizo en su película anterior, confrontándolo esta vez a los avatares del mercado desde una mirada compartida:  Sebastian (Ryan Gosling), un músico amante del jazz y que sueña con montar su propio club, y Mia (Emma Stone), una aspirante a actriz que trabaja como mesera mientras asiste a numerosas audiciones esperando ascender al estrellato.

Así, la ciudad de Los Angeles es el escenario de las ilusiones y frustraciones de ambos. Es precisamente la coreografía inicial en una autopista (de hecho, la más lograda y natural), cuando soñadores todos salen de sus vehículos para componer el número de marras y dejar en claro la premisa principal, que no es otra que perseguir sus sueños a cualquier precio, idílica idea que unirá a la pareja protagónica. Pero en ese afán, no podrán evitar caer en contradicciones y peleas. Sebastian arruina cualquier posibilidad económica que lo aleje de su objetivo, mientras que su compañera solo acumula rechazos y está a punto de tirar la toalla.

No es difícil suponer el derrotero de ambos ante dicho escenario ni imaginarse que pasaría si a uno comienza a irle bien y al otro no. Ante esa sequía argumental, La La Land recurre como mágico prodigio a sus números musicales para sumergir a sus héroes en una suerte de ensimismamiento que los aleje de aquel universo mundano. A final de cuentas, ellos son seres destinados al éxito o al fracaso. Cualquier término medio los sumergiría en el anonimato del ciudadano común (¿o de la común mediocridad como postula su director?). La actuación de los protagónicos es irreprochable y el que hayan sido elegidos por su valor escénico, es acertado, ya que consiguen insuflarle vida a una historia que sin actores de fuste no habría tenido el ritmo que sostiene a la primera hora. Sin embargo, no deja de sentirse en los personajes cierta superioridad desde sus propios avatares hacia el mundo exterior, sobre todo en el caso de Gosling, que se siente un genio disfuncional.

Historias de acenso y caída dentro del género hay muchas en el musical moderno. Desde Fama de Alan Parker hasta Flashdance de Adrian Lynne. Con vocación social una o de estética publicitaria la otra, lo cierto es que La La Land no pretende descubrir una fórmula nueva y prefiere buscar su propia trascendencia emparentándose con el espíritu nostálgico al que apela. Así, cualquier referencia a iconos de antaño como el famoso observatorio Griffith (donde tuvieron lugar 2 escenas cumbre de Rebelde sin causa de Nicholas Ray), aporta la cita necesaria para empalagar al melómano.

El director, que dice ser un gran admirador de Los paraguas de Cherburgo de Jacques Demy, busca en la resolución una ironía similar, pero para llegar a ella exagera al hacer un juego de posibilidades con falso final incluido, que ponen a la película en su real dimensión: un divertimento ligero que en su mirada autorreferencial a la época dorada de Hollywood, le dará el gusto a la Academia en la próxima ceremonia del Oscar, donde seguramente arrasará en las categorías técnicas, pero no sabemos si irán tan lejos en querer otorgarle el premio a Mejor Película.




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