FESTIVAL DE CARTAGENA: FICCIÓN EN DEUDA Y JORNADA DOCUMENTAL

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POR: GONZALO “SAYO” HURTADO

Aunque la competencia de ficción no echó grandes luces en los días siguientes, la competencia documental se torna muy interesante al presentar títulos sugerentes y apasionados

La jornada del viernes 3 de marzo no tuvo mayores novedades en el panorama de la ficción en competencia. Ayiti Mon Amour (Haití/EE UU) de Guetty Felin prometió mucho en el discurso de presentación en el teatro Heredia en comparación a lo que tocó ver en pantalla. La historia, que presenta en paralelo las vidas de un adolescente errático y confundido por la ausencia de un padre, un pescador dedicado al cuidado de su anciana esposa y el espíritu de una mujer errante en el contexto de un país sacudido por un gran terremoto hace poco, no consigue sino esbozar una idea primaria sobre los verdaderos sentimientos y espíritu de un país al que la tragedia no le ha quitado todo. Es quizás esa demanda simbólica que la puesta en escena no consigue reflejar con mayor imaginación lo que evidencia las carencias de la película. Los protagonistas en su mayoría terminan siendo pálidos reflejos de las intenciones de su autora, siendo la metáfora final la afirmación de un deseo expreso más que la respuesta a una expectativa creada en los espectadores.

Pero lo que salvó el día fue el esperado tributo al director tailandés Apichatpong Weerasethakul, quién tras recibir el homenaje de parte de las autoridades del festival, presentó Uncle Bonmee Who Can Recall His Past Lives (2010), una película que mantiene una constante en la visión del director acerca de la idea de la trascendencia, la reencarnación y el lugar que ocupamos en el mundo. Historia librada de ataduras y convenciones, la misma transita desde el presente con la presentación del tío Bonmee, un enfermo viudo que junto a su cuñada, sobrino y peones, asiste regularmente al cotidiano ritual de presenciar al fantasma de su difunta esposa y ser visitado por la reencarnación de su finado hijo en una criatura simiesca, mientras la narración da saltos al pasado para encontrarnos con personajes de siglos atrás, preocupados por la muerte y lo efímero de la existencia terrenal.

Así, la historia deviene en una búsqueda del sentido de la vida y de la no resignación a ser solamente entes perecederos, como si la posibilidad de alargar nuestro legado se proyectara en el tiempo y a sobrevivir incluso en formas animales que simbolizan el equilibrio, cuando no el caos y la contradicción.

Director Apichatpong Weerasethakul

Director Apichatpong Weerasethakul

La gran valla documental

El sábado 4 fue el gran día para la competencia documental. Con diversos atributos y méritos, disfrutamos de La libertad del diablo (Mex) de Everardo González, Amazona (Col) de Clare Weiskopf y Nicolás Van Hemelryck y Señorita María, la falda de la montaña (Col) de Rubén Mendoza. De la primera, cabe destacar la notable parte testimonial a cargo de torturadores y torturados, para ingresar de manera siniestra al terreno de la narcocultura. El director va más allá de su obra anterior, El Paso (2016), buscando un correlato visual mucho mayor en la narración que complemente la dureza de las entrevistas, en las que los aludidos (narcotraficantes, autoridades y víctimas) recurren a máscaras para proteger sus identidades con máscaras que se convierten en una expresión más de la brutal convivencia a la que se ven sometidos. Por su parte, Amazona exhibe otras intenciones al reivindicar los retratos intimistas y personales. La directora analiza a su propia madre, Valeria Meikle, una inglesa de 77 años que eligió vivir autónomamente en un caserío de la selva amazónica, y cuya decisión marcó el carácter de sus hijos, quienes finalmente optaron por mudarse a ciudades con desigual suerte. Si bien las imágenes no son muy imaginativas y se concentran más en el lado testimonial de la protagonista, su propia idiosincrasia contradicciones y dureza de carácter quedan muy bien reflejadas gracias a las decisiones de la autora, quien no tiene empacho en mostrar momentos incluso chocantes para hacer saber el grado de compromiso de su progenitora con la visión que ella misma ha adoptado respecto a la convivencia con la naturaleza.ç

Sobre el tercer título, Señorita María, cabe destacar que Rubén Mendoza ya había demostrado lo cómodo que se siente en el terreno de la docuficción desde la notable Tierra en la lengua (2014). Esta vez se entrega de lleno al formato documental para presentarnos el caso de María Luisa de 44 años, quien nació siendo niño pero eligió ser mujer desafiando el espíritu conservador del pueblo campesino en el que habita. Mendoza no pierde de vista a su personaje y lo invita a compartir su visión del mundo y de su propia religiosidad, la que es contrastada con el fervor católico de la comunidad, revelando un asombroso equilibrio entre tradiciones conservadoras y los giros de la naturaleza humana. El estilo visual desbocado por momentos y muy quieto en otros, consigue un perfecto balance que no exagera un ápice a su protagonista, sino que más bien le sirve de marco introductorio para llegar a él sin excesos ni artificios. Las decisiones en esta categoría van a ser muy complicadas debido al gran nivel de la muestra.

 




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