LO MEJOR DEL FESTIVAL DE CINE DE LIMA

135

 

POR GONZALO “SAYO” HURTADO

Hagamos un repaso a las favoritas de la competencia oficial de ficción y documental en esta edición 22 de la cita limeña.

COMPETENCIA FICCIÓN:

A diferencia de otros años, en esta edición no se contó con grandes tanques que marcaran ampliamente la diferencia. A pesar de ello, podemos destacar un grupo de películas que pasaron a engrosar rápidamente el grupo de las favoritas. De la delegación argentina, tenemos tanto a La reina del miedo como a Temporada de caza. La primera resultó ser una sorprendente Ópera Prima dirigida, escrita y protagonizada por Valeria Bertuccelli, quién en una suerte de ejercicio catártico, nos presenta una historia autorreferencial para el mundo histriónico. Así, somos testigos de los desvaríos de Robertina, cuyo afán por sacar adelante un atrevido montaje teatral se ve saboteado inconscientemente por su vocación por el caos. La diva es asaltada continuamente por sus propios miedos e inseguridades, buscando excusas para ponerse obstáculos a sí misma. La Bertuccelli sale airosa tanto en su interpretación como en su concepto visual (dirige al alimón con Fabiana Tiscornia). La reina del miedo parece ser esa llave al mundo interior de cada actor para comprender detrás de sus poses y caprichos, el verdadero drama que cada uno encierra, pero más que conmiseración somos testigos de una comedia trágica que por su vocación poco concesiva se deja ver con entusiasmo. Se llevó el premio a mejor actriz en Málaga y una distinción especial en Sundance. Por su parte, Temporada de caza, de la novel directora Natalia Garagiola, ingresó en el terreno del drama con frescura y pulso firme al confrontar a un joven y rebelde hijo con un padre al que prácticamente no conoce. El contexto del encuentro en una helada provincia del interior brinda un escenario de por sí hostil que no hace sino exacerbar la diferencia entre ambos personajes. Si bien este tipo de confrontaciones son comunes en el cine argentino, la película logra rozar con habilidad el terreno del thriller evitando las coartadas sentimentales y los facilismos. Estuvo en la selección de Horizontes Latinos el año pasado en San Sebastián.

Otras de las favoritas lo son la paraguaya Las herederas de Marcelo Martinessi y la brasileña Las buenas maneras de Juliana Rojas y Marco Dutra. Es poco común en la cinematografía de Paraguay los retratos intimistas que exploren a los segmentos acomodados desde la decadencia y el desencanto que es a lo que asistimos al contemplar a una pareja de maduras lesbianas, quienes viven de la venta de los valiosos enseres que aún conservan en su otrora gloriosa mansión. De ambas mujeres, es Chela (Ana Brun) la que debe soportar toda la carga emocional de tamaña situación, siendo el saldo de su interrelación con los fragmentos de su antigua vida motivo de reflexión y nostalgia permanente, hecho que se ve simbolizado en los pequeños rituales diarios que evocan a un pasado suntuoso. De esta tortuosa mirada no queda sino un lúgubre sentimiento reflejado en el gran trabajo de su protagónica (ganó el Oso de Plata a mejor actriz en Berlín). Viene de ganar el premio a mejor dirección en el festival de Cartagena y con mucha justicia. Sobre la brasileña, es curioso que en un país cuyo referente más conocido desde el género de terror como José Mojica Marins (más conocido como Zé Caixao) y su extensa filmografía volcada al gore y lo perverso, esa temática haya quedado en un contexto más de la clase B y ahora renazca desde una perspectiva autoral que es todo un homenaje a la licantropía clásica y el horror en general. Las buenas maneras tiene una clara división en su estructura, con una primera parte volcada más a la exploración de las personalidades de una acaudalada embarazada y su improvisada enfermera, mientras un siniestro secreto está a punto de emerger. En la segunda parte, en cambio, la historia gira en torno a la tradición de los hombres lobo en lo que es todo un homenaje no solo a los clichés propios de la compañía Hammer sino a referentes que llegan incluso a Un hombre lobo americano en Londres de John Landis y Aullidos de Joe Dante. Película inusual y oportuna en la cinematografía brasileña, obtuvo 2 distinciones en el Festival de Sitges.

Otras películas que resultaron de indudable interés, aunque no llegaron a convencer del todo lo fueron las colombianas Pájaros de verano de Cristina Gallego y Ciro Guerra y Matar a Jesús de Laura Mora. Sobre Pájaros… su mayor valor reside en el andamiaje de su dramaturgia sobre códigos de una comunidad indígena que vive del tráfico de marihuana y su relación con las mafias de la distribución. Historia de odios, venganzas y desencuentros pasionales, sin embargo, la trama se resiente al quedar los personajes como meros peones de una construcción que privilegia el violento entramado que sustenta en detrimento de sus protagonistas, cuyo mundo interior y sentimientos profundos no llegan a trascender. Matar a Jesús, en cambio, es un ejercicio de género sobre sicariato y venganza en Medellín, con una joven (Natasha Jaramillo) empeñada en vengar el asesinato de su padre, involucrándose con el criminal (Giovanny Rodríguez) para esperar el momento de hacerse justicia. A pesar de que el plot no resulta muy original, es destacable la representación de ese Medellín dominado por el crimen que nos remite incluso al espíritu de películas como La vendedora de rosas de Víctor Gaviria o La virgen de los sicarios de Barbet Schroeder y el desenvolvimiento de la pareja protagónica, cuya química le suma al naturalismo de su puesta en escena, pero cuyo final es fácil de anticipar. Obtuvo el premio de público en el Festival de Cartagena y el de mejor película y actor en Guadalajara.

La muestra brasileña trajo 2 títulos de empaque más modesto, pero de gran atractivo por ser compactos y poco pretenciosos en sus propuestas. Los silencios de Beatriz Seigner, sobre una familia colombiana partida por el desplazamiento por la lucha entre guerrilla, ejército y paramilitares y obligada a mudarse a la frontera brasileña, destacó sutilmente diversos aspectos contradictorios del conflicto armado, reservando momentos cruciales de la historia para exponer una simbología que le hace justicia a todos aquellos obligados a esconderse en las sombras, trasluciendo toda una sucesión de injusticias contra la población más vulnerable a través de un insano accionar de décadas. Los muertos y los otros de Joao Salaviza y Reneé Nader Messora fue la otra grata sorpresa, sobre un joven indígena amazónico y el tortuoso proceso que vive al sentir que tiene el don del shamanismo, destino que se niega a aceptar mientras busca respuestas más allá de su propio entorno y descubre una civilización “moderna” que le echa menos respuestas.

Sobre las películas peruanas en esta sección, la competencia resultó tan variadas como interesante y por ello analizaremos al cine peruano en su conjunto al final de este artículo.

COMPETENCIA DOCUMENTAL:

 A diferencia de la sección de ficción, en este apartado la competencia se percibió más homogénea, aunque fue Argentina el país que trajo más favoritas en el grupo de destacadas. De todas ellas, es Teatro de guerra de Lola Arias la propuesta más arriesgada. Aunque algunos colegas se apresuraron a desmerecerla por considerarla tan solo una suerte de performance en película, lo cierto es que este experimento en el que se juntan a 6 veteranos argentinos de la guerra de las Malvinas con sus pares ingleses, saca de esta confrontación de experiencias y caracteres una suma de recuerdos, traumas y frustraciones con un espíritu humanitario compartido por todo el grupo más allá de sus diferencias, siendo difícil establecer ganadores y vencidos de esta incomprensible guerra. Ganó mejor dirección en la última edición del Festival BAFICI de Buenos Aires. Las crónicas de vida estuvieron a la orden con otros 2 notables trabajos: El silencio es un cuerpo que cae de Agustina Comedi y Primas de Laura Bari. Del primero, cabe resaltar la frescura de su narrativa para exponer sin excesos el devenir de la propia directora, quién al encontrar diversas películas caseras de su padre ya fallecido, se da a la nada sencilla tarea de ir tras los pasos de su progenitor para descubrir su verdadera identidad sexual, sus dilemas y su propio espíritu, disentido por una sociedad que no le daba la oportunidad de ser él mismo. En Primas, lo que se propone es un retrato doble sobre dos adolescentes dispuestas a enfrentar y superar sucesos terribles y dolorosos que las marcaron en carne y espíritu. Siendo ambos testimonios de intensa emotividad, la directora tuvo el gran acierto de optar por una estructura narrativa que inicialmente presenta a ambas sugiriendo sutilmente sus propios conflictos, desarrollando un halo de misterio que conforma se revela va envolviendo al espectador en el vertiginoso sentir de las jóvenes.

Otra de las grandes favoritas de este apartado resultó ser la brasileña Bixa Travesty de Claudia Priscilla y Kiko Goifman, que se reservó muy poco al momento de retratar el diario quehacer como activista y cantante de la artista LGTB Linn da Quebrada, cuyo discurso encendido y espectáculo sin tapujos resulta visceral en las primeras secuencias de la película, consiguiendo luego la complicidad del espectador al ingresar a la intimidad de su hogar junto a familiares y amigos para llegar a la raíz de su nada concesivo discurso y a entender las motivaciones reales detrás de él. Ganó el premio a mejor dirección en categoría documental en el festival de Cartagena.

Finalmente, cerramos este grupo de favoritas con la chilena Robar a Rodin de Cristóbal Valenzuela Berríos, que se basa en un hecho real: el robo en 2005 de una valiosa estatua de Auguste Rodin del Museo Nacional de Bellas Artes de Chile. Aunque el culpable resulta ser un estudiante de arte que en 24 horas se entrega alegando que cometió el delito como parte de un manifiesto artístico, el explorar el perfil del estrambótico sujeto no hace sino poner de relieve el lado delirante de un hecho que termina por ser en sí mismo un cuestionamiento a los estatutos del arte moderno, derivando de semejante investigación una sucesión de absurdos que termina desdibujando la realidad con un tono de humor negro propio del falso documental.

COMPETENCIA PERUANA:

En el apartado de ficción se contó como pocas veces con 4 películas nacionales con propuestas y objetivos muy diferentes, hecho que es saludable si las tomamos como una muestra representativa de nuestra cinematografía contemporánea. De todas ellas, fue Mataindios de Óscar Sánchez y Robert Julca la más interesante dado que sus realizadores optaron por un formato de mirada libre para retratar los momentos previos, desarrollo y final de una festividad en honor al Santo Patrón de una comunidad andina. La narración evita estructuras clásicas y opta más por crear un universo de sensaciones alrededor del evento, de cuyo aliento poético queda más que claro el carácter binario de los pobladores en la construcción mágico / religiosa de su propio inconsciente colectivo, como si la cosmovisión andina y cristiana fueran un punto de unión y rechazo al mismo tiempo.

En cuanto a las otras competidoras, es destacable la presencia de Casos complejos de Omar Forero, que recogiendo un hecho criminal como lo es el sicariato en la costa norte del país, se concentra en contar con mucho pulso narrativo el caso en cuestión desde la perspectiva del fiscal a cargo de la investigación y un joven criminal envuelto en dicha mafia. Aunque el director busca crear una parábola de la lucha entre el bien y el mal desde una dicotomía de moral y ética versus corrupción, la película es una muestra del trabajo solvente de Forero al administrar eficientemente sus recursos narrativos en un relato que no se ve limitado ni siquiera por la presencia de un casting prácticamente amateur, lo que pone de manifiesto su notable madurez detrás de cámaras para concebir una película absolutamente eficiente en su hechura.

Pero la gran sorpresa de la competencia resultó ser Los helechos de Antolín Prieto, no solo por tratarse de una comedia, hecho que en la cinematografía local podría resultar hasta escalofriante por la escasa suerte de ese género dado la escasa vocación de riesgo por muchos directores que optan más por fórmulas complacientes y facilistas. En este caso, una experiencia basada en la técnica de improvisación dio forma a una confrontación de caracteres entre 3 parejas que pasan un fin de semana en un albergue campestre en el que se promueve la vida sana. Aunque el experimento deja en el saldo una historia de tono cotidiano con pinceladas de humor negro, hay en ella misma un riesgo del que el director sale bien librado, pero al mismo tiempo una renuncia al confiar la puesta en escena a planos secuencia que siguen minuciosamente a sus personajes pero sin apelar a primeros planos, siendo el resultado una mirada distante de la que no todos los personajes salen bien librados, ya que algunos no logran ser interiorizados ni consiguen comunicar su problemática. Así con todo, Los Helechos ya forma parte de ese grupo de comedias que junto a El destino no tiene favoritos, Como en el cine o No me digas solterona, no renuncian al espíritu del cine de autor en un país en el que el género es sinónimo de burdo.

Finalmente, tenemos a Todos somos marineros de Miguel Ángel Moulet, con un ejercicio introspectivo a 2 marineros rusos de un barco pesquero, quiénes por desidia y crisis de su compañía pesquera, quedan varados en el puerto de Chimbote en medio de una atmósfera tan incierta como desesperanzadora. De la historia podemos señalar que se percibe como un relato estirado en el que no se deja de percibir vacíos en las motivaciones de sus protagonistas al ser exaltado el carácter contemplativo de la misma, pero al mismo tiempo es bueno señalar la buena concepción del director en cuanto al punto de vista de su narración, en la que la ausencia de contraplanos y una ambientación verista y sin estridencias de su universo marginal, deja pistas sobre las posibilidades futuras de Moulet al frente de proyectos más afiatados.

Para cerrar, cabe destacar las películas nacionales de la competencia documental: La búsqueda de Mariano Agudo y Daniel Lagares y Volver a ver de Judith Vélez. A ambas las une el deseo de contribuir a crear una memoria en torno a la época del terrorismo en nuestro país con ánimo de conciliación y cerrar heridas. De la primera, resultó más que destacable el que haya conseguido testimonios de ex terroristas, cuyo arrepentimiento es comprensible si tomamos en cuenta que provienen de ambientes en los que fueron involucrados en la insania desde muy jóvenes y por sus propios familiares, reservándose el tiempo necesario para reflexionar y sopesar sobre semejante experiencia, quedando para el análisis muchas claves que configuran el origen del terrorismo en contextos de miseria y desigualdad. En cuanto a la segunda, que apela al archivo de 3 fotógrafos, quienes 30 años después, regresan a buscar a los protagonistas de sus más emotivas tomas para dar cuenta de su devenir tras el final de la lucha contra el terrorismo, se convierte en un excepcional documento de cara a la comprensión de un fenómeno que merece ser estudiado en su integridad para crear conciencia en la población al respecto.




Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *