CINE PERUANO: SANGRA, GRITA, LATE DE ALDO MIYASHIRO

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La tercera película del director peruano reitera y exacerba su inefable vocación por el exceso, aunque, en este caso, el ánimo de su propuesta nos acerca más a la estridencia que a la efectividad. Estrenada durante el Festival de cine de Lima en la sección Hecho en el Perú, Sangra, grita, late ya se encuentra en la cartelera comercial peruana.

POR: GONZALO “SAYO” HURTADO

Dramaturgo, conductor de tv, director de cine, actor, guionista. El perfil de Aldo Miyashiro no deja duda en cuanto al entusiasmo que se apodera de él para hacerse cargo de cuanta empresa maquina y que le ha valido convertirse en un hombre orquesta a tiempo completo. Por lo pronto, su perfil mediático no ha decaído desde que saltó del montaje teatral Un misterio, una pasión en 2003 y luego a su popular adaptación televisiva como miniserie al año siguiente: Misterio, sobre el triste devenir de un barrista del club limeño de fútbol Universitario, víctima de su perdición por las drogas y excesos varios, marginalidad que parece calzar en el gusto estridente de este director.

La serie de violencia urbana La gran sangre (2006) y su enorme éxito en el rating fue la razón que le dio el espaldarazo a Miyashiro para saltar al cine, donde ha sacado a relucir sus múltiples facetas, pero siempre explotando lo mediático de su nombre y figura más que por una vocación puramente cinematográfica. Así, su ópera prima: Atacada, la teoría del dolor (2015), tuvo tantas pretensiones como yerros al querer graficar un caso de violación; mientras que Once Machos (2017), resultó un divertimento futbolero de grueso trazo buscando arquetipos populares de impacto calculado si tenemos en cuenta el camino facilista de gran parte de la comedia peruana. Pero mal que bien, la taquilla no le fue adversa en ninguno de los 2 casos como si lo fue el grueso de la crítica de cine local.

En Sangra, grita, late, Miyashiro redunda en varios de los motivos de su cine, pero esta vez la búsqueda de cualquier atisbo de esteticismo o propuesta de autor queda relegada por su afán en explotar su lado mediático. Sintiendo que su nombre es en sí mismo un valor de mercado, el director se ha sentido seguro de disparar al público una historia que entremezcla personajes chirriantes, cursilería, absurdo y hasta detalles gore. Para darle un marco vendedor y que busque una justificación “artística” ante el público para semejante combo, optó por una estructura de 3 historias que se entremezclan, con el añadido de contar solamente con un elenco de 10 actores que van rotando papeles en todas ellas.

Así, cada episodio postula un sentimiento distinto. En Sangra, viene la “coartada social” con el bullying escolar como telón de fondo de un drama con presente y pasado, en el que las ambigüedades quedan de lado para resaltar el lado más estridente de la historia como si se tratara de una telenovela y hasta con un remate de inspiración “poética”. En Grita, tenemos una comedieta de inspiración tarantinesca (la referencia en sí no garantiza en absoluto el buen resultado del original), que resulta ser la historia más tirada a la chacota y al humor primario y escatológico. Si alguien se toma el trabajo de hacer un paralelo con la tensión de la escena de Pulp Fiction en la que Uma Thurman es resucitada con una jeringa, pues el saldo resultará funesto. Pero donde todo el efectismo llega a su cumbre es en Late, donde los padres de una joven viven desesperados por encontrar un donante de corazón que salve su vida. El tono de la historia nos lleva a una falsa intriga cuyo final no es difícil de suponer, pero que resulta tan absurdo como improbable y cuyo pretendido delirio solo podría igualarse al de un capítulo de La Rosa de Guadalupe.

Aldo Miyashiro, director de Sangra, grita, late

De este modo, la tercera incursión de Miyashiro como director nos deja una película que si tuviéramos que buscarle puentes, los encontraría casi directamente con propuestas como la chilena El chacotero sentimental (1999) de Cristián Galaz o la mexicana Crónicas chilangas (2009) de Carlos Enderle, cuyas dosis de sensiblería y humor caótico las ponen desde ya en ese historial de cine desesperado por llegar al público a como dé lugar con un golpe de impacto, pero con escasa sustancia por detrás.

 

 




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