FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN 2018: Y ASÍ EMPEZÓ LA FIESTA

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La edición 66 del festival de cine más importante de España empezó en Donostia con una programación variopinta en una semana que realmente promete.

POR: GONZALO “SAYO” HURTADO

Cubrir el Festival de San Sebastián se ha convertido en un sano vicio que nos lleva ya cuatro años seguidos. Este año, el confirmar el viaje tomó algunos apuros que no viene al caso comentar, pero que impedían asegurarlo no hasta pocos días del inicio del mismo. Pero ni siquiera el retraso irresponsable de la aerolínea que me transportó (omitiré el nombre por ahora) y que me hizo perder el viaje en coche coordinado previamente para partir desde Madrid, o el comprobar que mi maleta fue abierta al recibirla en el aeropuerto de Barajas (2 jeans y 4 polos menos fueron el terrible saldo), fueron motivos de desánimo. Así con todo, un pesado viaje en bus me llevó a Donostia a las 3 am del día inaugural. Esta vez, no fue posible conseguir un alojamiento en el centro de la ciudad, por lo que me vi obligado a tomar uno muy cómodo pero a prácticamente una hora a pie de la sede principal: el centro de convenciones Kursaal, incomodidades que, por cierto, no menguaron el buen ánimo de un servidor de cara a la gran semana por empezar.

Afiche oficial de la edición 66 del SSIFF

El viernes 21 la función inaugural nos trajo a un viejo conocido y cuya icónica figura es venerada tanto en su natal Argentina como en tierras ibéricas. Ganador de la Concha de Plata a mejor actor por Truman en 2015 (decisión algo exagerada) y galardonado en 2017 con el Premio Donostia a la trayectoria, Ricardo Darín presentó en esta ocasión El amor menos pensado, comedia romántica del habitual productor Juan Vera. Definitivamente, la organización sabe que abrir el festival con un personaje tan querido no tiene pierde, ya que le da en la yema del gusto al público. Pero dejando de lado lo mediático del tema, esta película es quizás esa divina tentación en la que caen muchos actores al sentirse muy seguros de sus probadas capacidades, por lo que tanto el renombrado actor como su hijo, Chino Darín, aparecen como productores del proyecto. Teniendo como contraparte a una actriz de gran trayectoria como Mercedes Morán, la pareja se da a la tarea de representar un maduro matrimonio que llega a un punto en el que sienten que la vida ya no les depara expectativa alguna y la separación aparece como un escenario inminente. Lo que tenemos a continuación es un juego doble de situaciones que grafican sus encuentros y desencuentros en el pernicioso deber de reconstruir sus vidas. Si bien hay algunas situaciones que resultan ingeniosas (el encuentro de Morán con el vendedor de fragancias es quizás el gran momento de la película), queda la sensación de tener a dos grandes actores recitando parlamentos más que componiendo personajes complejos. La trama tiene esa funcionalidad y cálculo propio de los productores que saben que no necesitan poner toda la carne en el asador para seducir al público. Y en ese afán, El amor… termina siendo repetitiva y aburrida, tanto así que su chance dentro de la Competencia Oficial es nula. Aunque muchos fans defenderán la película en su discreto resultado, su visionado causó modorra en más de un colega.

Los ánimos se levantaron al apreciar otros títulos de esta sección como la suiza El inocente (Der Unshuldige) de Simon Jaquemet, en la que ingresamos a la afiebrada mente de Ruth (extraordinaria Judith Hofmann), quien desde su condición esquizoide enfrenta la vida con el apoyo de su marido, un ministro religioso que cree poder mediar en las crisis de su cónyuge, mientras su conciencia se retrae constantemente al recuerdo de un traumático romance que marcó su vida. Entre sus delirios, recuerdos tortuosos y frustraciones muchas, la visión de Ruth de su entorno se desdibuja hasta convertirse en un calco de sus propia insanía y para la cual, la religión no parece ofrecerle salida alguna. Así, la historia adquiere un carácter perverso y una atmósfera irreal que grafican a la perfección a su protagonista, de quien podemos afirmar sin exageración que ya es una de las favoritas a mejor actriz.

Otro trabajo que no dejó de sorprender lo fue El hombre fiel (L’Homme Fidéle), dirigida y protagonizada por el francés Louis Garrel, quien dejó de lado los excesos de la poca afortunada The Redoutable, que el año pasado causó escozor a su paso por Cannes al componer a un caricaturesco Jean-Luc Godard. Esta vez, el actor sorprendió en su faceta detrás de cámaras al llegar a un registro de comedia irónica en la que hace escarnio de la condición humana asociada a la eterna e infructuosa búsqueda del amor. El director consigue el contrapunto adecuado en su propia esposa: Laetitia Casta, quien es el detonante de un delirante recorrido que hace escarnio del romance y busca la sorna permanente con un timing in crescendo, en el que el cruce de personalidades no da pausa ni siquiera en momentos funestos gracias a un guión riguroso y corrosivo. Así, El hombre fiel termina siendo una celebración de la tragedia humana con un sabor ligero a Nouvelle Vague y un humor que por momentos parece heredado del mismo Woody Allen.

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El hombre fiel de Louis Garrel

La jornada del viernes 21 la cerró un título de la sección Perlas (los títulos que darán que hablar de cara al 2019) con la animación Un día más con vida (Esp/Pol) de Raúl De la Fuente y Damián Nenow y basado en el libro homónimo del periodista polaco Ryszard Kapuściński. Concebida con vigor, tensión, humor negro y cruda realidad, la historia es un real homenaje al trabajo del corresponsal de guerra mientras se detalla lo acontecido en Angola en 1975, cuando una lucha fratricida convocó nuevamente a ambos bandos de la Guerra Fría a usar a la nación africana como laboratorio bélico. Mientras la narración transcurre mostrando al mismo Kapuściński en una misión suicida, los testimonios de muchos de los verdaderos protagonistas irrumpen para darle un carácter documental a una historia que combina muy bien el aliento tanto de aventura épica como de documento histórico. Más allá del sesgo político con el que el libro fue concebido, se trata de una visión en contexto que desnuda el pensamiento post colonialista con gran detalle y como toda buena crónica, resaltando la condición humana de cada personaje.

El sábado 22 fue una jornada de otra naturaleza, ya que la convocatoria para la rueda de entrevistas en el hotel María Victoria con las actrices Laetitia Casta y Lily-Rose Depp de El hombre fiel, nos tuvo a la expectativa a más de un hombre de prensa, debido a que la agenda se vio interrumpida en más de una oportunidad por los requerimientos de los reporteros gráficos de medios internacionales, por lo que la esperada entrevista se postergó hasta 2 horas más allá de lo previsto. Así con todo, y con la salvedad que la entrevista tuvo que realizarse en francés e inglés durante el respectivo junket debido a las diferentes prioridades de los reporteros presentes, la misma Laetitia tuvo la fineza de ofrecer un speech en inglés para aquellos que no somos versados en la lengua gala y así poder traducir el material con mayor facilidad.

Actrices Laetitia Casta y Lily-Rose Depp

La primera proyección del día de la Sección Oficial no pudo ser más grata con Alpha, The Right To Kill del filipino Brillante Mendoza, director cuya presencia en Cannes, Berlín o Venecia no tiene nada de extraño, pero es conveniente precisar que algunas de sus películas recientes se han convertido en blanco favorito de la crítica, y no precisamente para alabarlas. Mendoza ha incurrido en más de una oportunidad en excesos al regodearse con la exposición de miseria humana que descubre en contextos marginales, pero por supuesto, buscando siempre un “halo poético” que justifique su propuesta artística. Sin embargo, su último trabajo rompe con esa tendencia al presentar una furibunda denuncia contra el gobierno del presidente actual Rodrigo Duterte, quien encabeza una cruzada contra narcotraficantes y consumidores basada en ejecuciones extrajudiciales. La película es una crónica criminal contada con una insospechada sobriedad, haciendo el seguimiento con mirada documental a un operativo policial contra una mafia de narcóticos en un populoso barrio. Lo más saltante resulta ser el manejo del punto de vista. Los protagonistas por momentos son figuras solemnes como si estuvieran declarando en un noticiero, pero dicha formalidad se rompe conforme la trama crece y los estereotipos planteados se van desdibujando para dar forma a un círculo criminal desde la visión cotidiana. Mendoza se cuida de no poner los hechos en boca de sus personajes, de modo que la sensación frente a las revelaciones, resultan por demás contundentes y con un sentido de asombrosa realidad. Las alusiones a la nefasta acción gubernamental resultan de una gran sutileza desde la visión de un caso particular que termina por desmoronar el discurso oficial con contundencia.

El día terminó con la siempre interesante sección Perlas con Un asunto de familia (Japón) de Hirokazu Koreeda, quien reitera su predilección por tomarle el pulso a grupos familiares en conflicto, pero esta vez con una visión macro a diferencia de Después de la tormenta, que se percibe como el antecedente perfecto de la presente obra. Osamu Shibata (Lily Franki) es la cabeza disfuncional de un clan en el que todos justifican desde su estrechez económica su vocación por la estafa, el hurto y la prostitución moral. El deseo de supervivencia une a la familia y disfraza su crisis de valores, pero conforme vamos conociendo a cada uno, somos testigos de una curiosa ambivalencia, ya que más allá de sus conceptos distorsionados, todos ellos tienen una conciencia de grupo y una necesidad gregaria muy aparte de sus propias miserias. Koreeda no celebra ni justifica a sus personajes, pero si los disecciona con precisión y los confronta hasta que se contradicen o se reafirman en su propia búsqueda, evitando que el contexto marginal canibalice su universo y que termina siendo más bien un telón de fondo de turno. No resulta extraño que se haya llevado la Palma de Oro a mejor director en la última edición de Cannes.




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