Festival de Cine de Guadalajara 2019: El balance de la ficción

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POR: GONZALO “SAYO” HURTADO

La edición 34 de la imperdible cita en la ciudad tapatía nos trajo títulos sorprendentes, otros que destacaron en rubros específicos y algunos que no pasaron de la medianía. Aquí nuestro balance de la ficción iberoamericana previo a la entrega del palmarés este viernes 15.

LAS IMPRESCINDIBLES

Dentro del grupo privilegiado destacaron cinco producciones que fueron de lejos lo mejor de la sección. En el caso de Petra (Esp) de Jaime Rosales, se trata de un drama que ya habíamos tenido oportunidad de ver en la edición 2018 del Festival de cine de San Sebastián y que a pesar de contar con un formato digital poco intervenido y con una textura de vídeo fría, sus mayores méritos venían del hecho de darle a un historia que de haber sido contada de manera convencional, tendría poco interés. Es aquí donde se aprecia la gran visión de su director para a partir de una crónica sobre la búsqueda de un padre desconocido, la protagonista (Bárbara Lennie) será testigo de un verdadero entramado de intrigas, secretos ocultos, infidelidades y muertes, pero todo ello visto desde seis episodios fragmentados cuyo contraste temporal da realce al siniestro proceder de más de uno sin estridencias ni excesos. Otro título destacable aquí lo es Los tiburones (Uru) de Lucía Garibaldi, drama juvenil con grandes dosis de humor negro que siguiendo los devaneos de una adolescente de clase baja (acertada Romina Betancur), atrapada por la necesidad económica de su familia y tener que trabajar tempranamente, cede ante su despertar sexual mientras observa atenta su entorno y materializa una metáfora de su dura condición a través del avistamiento de un escualo en una playa cercana, como si el animal simbolizara su necesidad y sus deseos. Ópera Prima con gran sello autoral y acierto en la dirección de actores del conjunto.

Los tiburones (Uru) de Lucía Garibaldi

La cuota de marginalidad pero con matices muy diferentes vino con Muralla (Bol) de Gory Patiño y Perro bomba (Chi) de Juan Cáceres. Ambas historias abordan la crónica social y tienen un sentimiento reivindicativo pero desde narraciones poderosas a las que no se anteponen visiones de ONG que suelen privilegiar el mensaje antes que sus posibilidades expresivas. Por el lado de la boliviana, se trata de una exitosa incursión en el thriller con una mirada directa al cine negro americano, pero con una adecuada interpretación del universo paceño a través de la figura de un ex futbolista en decadencia, a quien la única oportunidad de salir de aquel pozo lo constituye el tráfico de personas, siendo él tan solo una pieza de un engranaje mayor que irá descubriendo. Sentimientos de culpa y reivindicación acudirán a él y serán el motor para buscar una última chance para hallar la redención. Le suman a la propuesta la detallada caracterización de personajes y la puesta en escena trepidante y sin pausa. Su par chilena, en cambio, apeló a un estilo documental que de a pocos va mostrando las aristas del racismo en la sociedad chilena, cuyo blanco esta vez resulta ser un migrante haitiano (un muy destacable Steevens Benjamin), cuyo devenir pone de relieve esta terrible condición y deja un espacio para la reflexión a partir de una historia poco concesiva y brutalmente reveladora.

Cierra este grupo, la película que más nos ha llamado la atención por su grado de riesgo. No resulta raro que Divino amor (Bra) de Gabriel Mascaro cumpla esta condición, y más aún cuando su película anterior, Boi Neon, planteó desde un contexto de vaqueros pobres a la sexualidad como una necesidad liberadora y como un catalizador más allá del propio contexto o de una voluntad política. Esta vez va más allá al plantear un escenario futurista para un Brasil en el que las sectas cristianas han institucionalizado de alguna manera su accionar, filtrándose en la vida diaria como una necesidad más del marketing habitual. Esta mirada refleja un escenario político en el que los dogmas de esa masa cautiva transitan con comodidad hasta encontrar una contradicción que los desnuda como vacíos, inocuos y de una absoluta inconsecuencia en una era en que el pragmatismo le abrió la puerta a los fundamentalismos. Es, sin duda, la mejor película del festival.

DESDE LA MEDIANÍA

Algunas películas tuvieron la capacidad de llamar la atención por algunas particularidades que las hacen apreciables, aunque no se trate de obras redondas. Así, Rojo (Arg) de Benjamín Naishtat, resultó un fascinante ejercicio de cine negro desde la perspectiva de un prominente abogado de provincia en la Argentina de los años 70, aunque mucho de su atractivo se quede más en la magnífica representación de la época y en la sensación de impunidad e injusticia latente por la dictadura militar, que en un desarrollo mucho mayor. La excelente performance de Darío Grandinetti (Mejor actor en San Sebastián) le da chances en el rubro a mejor actor. Por su parte, Carmen y Lola (Esp) de Arantxa Echevarría tiene todas sus balas puestas en el trabajo de su pareja protagónica (Zaira Romero y Rosy Rodríguez), actrices no profesionales cuya naturalidad fluye en el contexto de un romance lésbico en una comunidad gitana, rompiendo más de un tabú en la ficción y la realidad al representar un tema que no es aceptado en dicho contexto.

Sueño Florianopolis (Arg) de Ana Katz no decepcionó en esta nueva comedia que sigue en la línea de su autora de filtrar desde la cotidianeidad un mundo de contradicciones e imperfecciones, mientras un clan familiar busca las vacaciones ideales y lo que se encuentran es más bien la comprobación nata de su propia desintegración. Dejó la sensación de repetitiva al aludir a situaciones ya vistas en varias de sus obras anteriores. En otro registro, L’uomo che compro la Luna (Arg/Ita) de Paolo Zucca, resultó ser una comedia que parte del absurdo entremezclando conspiracionismo y delirio costumbrista para mostrar con gran detalle los códigos de la cultura sarda, siendo una historia con una atmósfera íntima y entrañable.

El lado social más marcado vino con Miriam miente (R. Dom) de Natalia Cabral y Oriol Estrada, un drama que sin mayores estridencias y con gran sutileza, expone las contradicciones del clasismo enquistado en una sociedad mestiza como la dominicana, partiendo del universo de una niña que de cara a su quinceañero, descubre aquellos códigos y claves absurdas que nos muestran a una sociedad fragmentada por sus prejuicios. Con una vocación por el cine contemplativa, habría que señalar que por momentos la historia se contiene mucho en su afán por ser sugerente. La gran sorpresa vino con Infección (Ven) de Flavio Pedota, un drama en tono gore que rinde homenaje a la mejor tradición zombie y con una lectura de tintes políticos encendidos en la que Venezuela es víctima de una epidemia. Sus mayores méritos reposan en el hecho de ingresar en los códigos del género exitosamente y en el adecuado make up que el director y su equipo improvisaron con buenos resultados, aunque la alusión a los tiempos actuales y su lectura política pueda ser motivo de discusión, no deja de resultar interesante.

LAS DECEPCIONES

Tristeza e alegria na vida das girafas (Por) de Tiago Guedes fue un intento chirriante por ingresar al universo infantil desde los delirios de una incomprendida niña y su amigo imaginario, mientras intenta decodificar el absurdo mundo de los adultos. Aunque de sus intenciones se desprende una vocación lúdica con un espíritu que busca referentes de clásicos literarios como El Principito, la precariedad de su andamiaje y lo básico de su propuesta, llamó poderosamente la atención respecto a su presencia en una competencia oficial de un festival de cine. En La mala noche (Ecu/Mex) de Gabriela Calvache, quedó en evidencia que cuando el objetivo es más reivindicativo que cinematográfico, el mundo del thriller se percibe postizo, incompleto y con un mensaje impuesto que hace un ruido perenne. Así, el tema de la prostitución y la trata de personas no logra cuajar ni tiene sugerencia y queda más bien en una capa que se va más a lo melodramático en su afán por ser un documento de denuncia.

En O grande circo mistico (Bra) de Carlos Diegues, asistimos a la debacle de un cineasta que alguna vez fue uno de los referentes más importantes del cine latinoamericano desde clásicos como Bye Bye Brasil o Chuvas de Veräo. En la historia presente, todo el imaginario alrededor de un circo a lo largo de varias generaciones, se queda en la pirotecnia visual y en la vana búsqueda de simbolismos que den cuenta de una decadencia social que se desdibuja continuamente. Finalmente, el título que cierra este apartado lo es Temblores (Gua) de Jayro Bustamante, quién después de haber debutado con una obra de la contundencia de Ixcanul, cae en la tentación de elaborar un drama intimista para graficar la condición de un hombre exitoso y “felizmente” casado, quien no puede seguir ocultando su homosexualidad. Lo que viene luego, con el infructuoso intento de su familia e iglesia evangélica, empeñados en curarlo de dicha condición, intenta ser una crítica social que no haya su voz en intérpretes incapaces de sostener la historia, siendo esta invadida por una sensación de desgano y letargo que le resta fuerza y que desnuda más bien la falta de recursos de su realizador, más empeñado en hacer una denuncia que en desarrollar con coherencia su propio universo.




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