NOSOTROS (US)

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POR: GONZALO “SAYO” HURTADO

La tentación de no repetirse lleva esta vez al director Jordan Peele a buscar nuevos registros en su mirada al terror. De la atmósfera de misterio, intriga y fantástico de ¡Huye! pasamos a un ejercicio truculento con más de un puente con el gore y escenarios post apocalípticos.

De ¡Huye! (Get Out), celebramos en su momento el hecho de que el género de terror se viera renovado y vuelva a la palestra incluso en premiaciones como el Oscar. Estaba claro que se trataba de una película plana en muchos sentidos, pero no dejaba de llamar la atención el hecho de que se hubiera tomado el trabajo de tomar referencias que iban desde clásicos como Frankenstein (1931) hasta The Stepford Wives (1975) y que se atreviera a buscar nuevos caminos, aún cuando se tratara de una película que no resultaba redonda, pero sí lo suficientemente curiosa como para que un sector de la crítica comenzara a adoptarla como el fetiche de turno.

Lupita Nyong’o, Shahadi Wright Joseph y Evan Alex en Nosotros

Así, el director Jordan Peele, con un gran pasado como comediante televisivo, se tomó a pecho el ser considerado como un nuevo prodigio del terror contemporáneo y en su afán de no perder la atención, no quiso repetirse y ha buscado esta vez un registro ya no sugerente ni misterioso, sino completamente aterrador y chocante. En Nosotros (Us), la intriga no dura demasiado y parte con una imagen inicial que será la premisa desde la cual la historia irá deconstruyéndose: conejos de laboratorio en jaulas y clonados. El fondo musical alude a algo macabro que se mantiene en reserva. Hasta ahí y con la presentación de una familia negra que parte de vacaciones a un condominio playero, lo cotidiano se apodera de los primeros 20 minutos de la película con algunas pistas al pasado de Adelaide (Lupita Nyong’o), la conflictuada madre de familia del clan, quien arrastra traumas de niñez que son un anticipo del panorama que se avecina sobre ellos.

Lupita Nyong’o en Nosotros

Es en este momento donde el personaje principal comienza a demostrar sus desvaríos mientras su contraparte, Gabe (Winston Duke), es el elemento con el que el director más se ceba para hacer escarnio de diversos aspectos de la comunidad negra estadounidense, reduciéndolo a un rol de tipo básico, poco pensante y tributario de una cultura en la que el hip hop y el rap pasan a través de él con alusiones a la violencia y al uso de la marihuana que él, ciertamente, ve como inofensivos y cotidianos. Más allá de estos aspectos, esta primera parte de la película no plantea una crítica social ni pone de relieve aspecto alguno sobre la tensión racial o la exclusión. En el mundo de la familia Winston, sus logros económicos los ponen junto a sus pares blancos sin que se respire algún ánimo de conflicto. La mirada severa se percibe más desde el punto de vista del director hacia su propia comunidad, como un observador privilegiado.

Es entonces, ya instalados en el condominio, cuando se produce el violento asalto del hogar por unos alter egos o “duplicados” de ellos mismos, vestidos con trajes rojos y armados con grandes y amenazantes tijeras. Obviamente, el objetivo es matarlos a todos ellos (Papá, Mamá y los dos hijos adolescentes), cambiando el registro de la historia por un ejercicio de supervivencia pura para esquivar el terrible matadero que los persigue. En esta instancia, nace la predilección del director por los detalles más ultraviolentos del gore. Al caer en cuenta que lo sucedido es una suerte de epidemia que aqueja a cada familia del lugar, las respuestas dejan de ser importantes frente al hecho de seguir vivos. La historia toma en ese momento más la lógica de las epidemias zombies, con el diferencial que esta vez la manera de sobrevivir no pasa por matar con saña a un muerto viviente, sino a una suerte de “poseídos” que no han perdido arraigo con la forma humana, lo que crea una sensación mucho más chocante al momento de liquidarlos y que encadena las acciones a lo largo de una hora y treinta minutos restantes, con una sensación de entendible saturamiento. La justificación simbólica de la trama se refugia aquí en el hecho que cada familia de duplicados alude a una cara oculta de la sociedad estadounidense, en una suerte de desfile de «olvidados» o «postergados»
que reclaman sangrientamente su lugar en contraposición al estrato exitoso que compone el condominio y que parecen adormecidos en la burguesia del sueño americano. Metáfora que se queda más en la superficie de la historia y al libre albedrío del espectador.

Lupita Nyong’o en Nosotros

El papel de Lupita Nyong’o sostiene convincentemente el grueso de la historia y refuerza la imagen de la mujer empoderada que frente a momentos de crisis, saca a relucir su temple, a contraposición de la figura del torpe marido, de quien entendemos que si no fuera capaz de encadenar tantos inverosímiles actos, la historia no avanzaría. A la par de demandar demasiada complicidad del espectador en este aspecto, está el agregado de más de una ironía tonta como cuando ante la inminente llegada de más “poseídos” a un hogar donde se refugian, Gabe sugiere poner trampas como en “Mi pobre angelito”, desdibujando el real drama que el clan vive por arrancar alguna carcajada fácil del público.

La resolución, que saca a relucir una suerte de complot con absoluto arraigo al género fantástico, termina resolviéndose con la misma violencia con la que se inicia y hasta con una fallida cuota de lirismo. Las vueltas de tuerca y las charadas de la última parte no dejan de sentirse impostadas y tramposas y son previsibles mucho antes del final. Jordan Peele por momentos es sugerente en el manejo de la imagen y en la creación de atmósferas, pero pierde esa cualidad en la medida que fuerza su delirante historia y la acerca más a la truculencia y el morbo, lo que difícilmente lo pondrá en carrera nuevamente al Oscar con una producción que no deja ninguna huella particular en el género y que se percibe menos sincera que muchos ejercicios del gore italiano, desprovistos de pretensión artística alguna.

Lupita Nyong’o en Nosotros




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