CRÍTICA: Había una vez en… Hollywood

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POR: GONZALO «SAYO» HURTADO

La película número 9 de Quentin Tarantino ha sido recibida con mucha expectativa, y aunque es fiel a muchos de los tópicos que han hecho famoso a este director, de ninguna manera es un título mayor en su filmografía.

Excesiva, provocadora, polémica. Qué tendría de extraño que todos estos adjetivos describan a la nueva producción de Quentin Tarantino, cuando han sido siempre el leitmotiv de su obra. En esta oportunidad, 1969 es un escenario que no podría haber pintado mejor para que el director le sacara partido a una década que es una de sus predilectas tanto en contexto social como en dirección artística. Así, las dos caras de Hollywood son representadas desde la oposición al Star System reflejado en la icónica figura de la actriz Sharon Tate (Margot Robbie), y para remate, casada con un director vanguardista como Roman Polanski (Rafal Zawierucha); en contraposición al binomio integrado por sus vecinos de condominio: el actor de segunda Rick Dalton (Leonardo Di Caprio) y su doble de riesgo y asistente personal, Cliff Booth (Brad Pitt).

Margot Robbie es Sharon Tate en Había una vez en… Hollywood

Así, mientras la Tate encarna icónicamente el éxito de la fábrica de sueños (pero queda solo como un brillo lejano), Rick y Cliff son entes que responden a otras variables. El primero, no es más que una luminaria de paso en la industria del entretenimiento. Villano televisivo que parece ser el decorado de turno en cada serie de moda, o segundón en producciones de acción que lo remiten a su propia mediocridad, interminables diálogos pintan su condición de estrella en extinción. Por su parte, Cliff encaja más con la figura de un cowboy de salida, un héroe de otra época. Atrapado por su propio ego y su carácter conflictivo, su panorama laboral es escaso e incierto y la razón de su apego a Rick. Es como el protagonista de un western crepuscular que ya no encuentra lugar en un Hollywood reiventado que le es hostil e indiferente, pero en el que aún tiene espacio para pretender morir con dignidad y ser él mismo mientras pueda.

Tarantino se toma tan a pecho el contexto de época, que así somos testigos de un cóctel en el que confluyen machismo, xenofobia, intolerancia y misoginia, tratando de reflejar sin tapujos el sentimiento generacional con frases tipo: «no llores delante de los mexicanos»; momentos de delirio en los que Cliff es capaz de darle la réplica al mismo Bruce Lee (Mike Moh) y así acallar las pretensiones de un actor asiático que no puede darse el lujo de ser presumido en Hollywood; o incluso, hacer eco de la estigmatización del hippismo como bichos raros y despojándolos de coartada social alguna. Todo lo expuesto refleja el pensamiento conservador de la época, pero al mismo tiempo en su visceralidad también encuentra correspondencia con personajes contemporáneos como el del polémico productor Harvey Weinstein (antiguo colaborador del mismo Tarantino), cuyo espíritu parece estar presente a manera de funesto designio sobre los caminos que tomaría el negocio del cine en el futuro.

Afiche de Había una vez en… Hollywood

Con el conflicto en ebullición, la expectativa mayor reposa en la suerte de Rick en un horizonte nada auspicioso y en el que goza tan solo de la gloria efímera al cruzar el charco a Italia y convertirse en estrella de spaghetti-westerns y numerosas producciones de bajo presupuesto, haciendo eco de aquella industria barata y vista por encima del hombro al calor de nombres como Sergio Corbucci, Antonio Margheriti o Enzo G. Castellari en esta crónica de la decadencia. A sabiendas de la suerte que le espera a la Tate y sus amigos (el sangriento crímen de la que fue objeto por parte de seguidores de Charles Manson en la vida real), la intriga por saber como se cerrarán los episodios personales de Rick y Cliff es la que lleva el interés general de la historia. Sin embargo, todo el rico contexto pintado por Tarantino se desdibuja al volver a utilizar el recurso de la ucronía que ya había usado con acierto en Bastardos sin gloria, y que esta vez se traduce en una suerte de pesadilla gore sobre los integrantes de la Familia Manson, en lo que resulta siendo un chiste malo y una salida facilista para cerrar un universo presentado con tanto detalle.

Damon Herriman es Charles Manson en Había una vez en… Hollywood

De todo la contemplación de aquel panorama decadente, queda tan solo un gesto gutural amparado en el espíritu conservador de la época que deja la impresión de una crónica trunca. El festín de sangre al que asistimos no es sino la manifestación de ese Hollywood que incluso se valió de celebraciones violentas para cerrar muchos de sus vehículos industriales (no hay sino que recordar el final de Los 12 del patíbulo, con una matanza con fuego y granadas para la elite nazi y sus familias). Sin embargo, el simplismo de la fórmula queda solo para la carcajada fácil y el chiste burdo que el director parece haber reservado solo para complacer a una masa que ya lo sigue desde obras mucho más logradas. De semejante cierre, torpe y superficial, solo queda ubicar a Había una vez en… Hollywood como uno de los títulos más irregulares de Tarantino junto a Django Unchained.




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