Jojo Rabbit

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Con un padre en combate en Italia, una madre sospechosa de una peligrosísima clandestinidad y un entorno que lo fuerza a odiar a los judíos, el jovencito Johannes sobrevive a la primera sensación de mariposas en el estómago cuando encuentra a Elsa, una adolescente judía escondida en las paredes del cuarto de su hermana muerta. La chica representa la antítesis de la debilidad, miedo y temor descrito por Anna Frank en su diario. Elsa es una mujer resistente, con iniciativa y poderosa que no se arremeda ante la presencia del niño que se cree nazi ni, tanto más, de oficiales de la Gestapo en rutinaria revisión.

Johannes, o Jojo, exacerbado por un imaginario führer «buena onda», trata de pertenecer a las juventudes hitlerianas, su desmesurado fanatismo lo autocicatriza por una explosión de granada, perdiendo el casi nulo respeto que tenía de sus condiscípulos mayores, después de que lo obligan a matar un conejo, a lo que el jovencito se niega ganándose el apelativo de Jojo Rabbit.

No obstante, Jojo tiene más aliados de los que cree, como su danzarina madre-padre, Rosie, quien esconde a Elsa y a la que no le tiembla la mano al dejar propaganda antipartido Nacional Socialista; al igual que su alcohólico e irresponsable mentor, capitán Klenzendorf, quien ve la misión nazi más como una genial aventura que como una guerra en la que todos pueden morir.

Así, el realizador judeomaorí cuarentón, Taika Waititi (director del contundente capítulo final de la primera temporada de El mandaloriano, 2019), retoma su estilo expuesto en Thor: Ragnarok, con un fino humor directo en un entorno de combate, para hacer mofa de una situación tan gravemente hostil como la de los judíos ocultos en la Alemania nazi; en una atrevida mirada al extremismo propio de los tiempos de guerra.

Waititi se refrenda a sí mismo en ese Hitler que viene a ser más una conciencia festiva en la mente de Jojo, al tiempo que corre junto a él cual pájaro en ritual de cortejo o nada haciendo gracejadas en la piscina donde sus juventudes hitlerianas no pierden la oportunidad de ridiculizarse.

La genialidad de esta ganadora del máximo galardón en el Festival de Toronto de 2019 radica en su atrevimiento extremo de hacer un finísimo humor de una situación por demás gravísima a ritmo de los Beatles cantando en alemán partiendo desde las imágenes del Triunfo de la voluntad (1935), de la legendaria cineasta del nazismo, Leni Riefenstahl, o los jovencitos protagónicos bailando libremente un David Bowie en germano diciendo «Podemos ser héroes».

Dirigida por Taika Waititi

Roman Griffin Davis, Thomasin McKenzie, Scarlett Johansson

1h 48