Cristina Gallego y las consecuencias de la desconexión espiritual que lleva a la barbarie que vivimos

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«Que esta película llegue a México tan bien como le fue en Colombia, porque es nuestra misma historia», dice Cristina Gallego sobre su cinta, Pájaros de verano, que relata el surgimiento del narcotráfico rural al noreste de Colombia en la zona indígena wayú.

Gallego conversó con Cine para llevar a propósito del desarrollo de Pájaros de verano —filmada, al alimón, con Ciro Guerra (El abrazo de la serpiente)—, desde su origen, hasta el significado que la conexión espiritual con los pueblos indígenas le dio a ésta, una historia poco conocida, incluso, para la mayoría de los colombianos, debido a la insistencia de la televisión y del cine occidental en relatar esta realidad en forma de películas de acción.

Aunque fue despreciada por la Academia estadounidense para las nominaciones a Mejor película de habla no inglesa, Pájaros de verano ha levantado comentarios favorables en festivales como el de San Sebastián, Los Cabos y la Habana, donde ganó el premio a Mejor película, al igual que le sucediera en los Premios Fénix; además de que sigue de gira por el circuito cultural de cinetecas de la República Mexicana.

¿Cuál es la génesis de Pájaros de verano?, ¿cómo llegaron a concretarla?

—Pues, mira, yo creo que la génesis de esta historia parte de una inconformidad grande que ha habido sobre el tema del narcotráfico:

Durante mucho tiempo, se nos dijo que nos felicitaban porque no hacíamos películas sobre el narcotráfico y, digamos, que esto generó una inconformidad muy grande, porque la representación que vemos afuera,  de nosotros como colombianos, es la de, pues, siempre estar asociados a la imagen de la violencia y de las drogas. Creemos que no es una posición justa hacia nosotros como colombianos. Creemos, también, que esto ha tenido qué ver con que nuestra historia ha sido contada desde afuera: desde las series y desde el cine. Es narrada como toda esta historia de los capos, desde una visión «explotativa» de la violencia y de las armas, de los ascensos, y vuelve a generar una inconformidad muy grande. También tiene qué ver con que es una historia que no conocíamos. La historia del inicio es una historia que permeó y se contó en gran parte del país, pero es una historia que era desconocida y, cuando vimos la fascinación de la gente por contarnos esas historias, nos dimos cuenta que había una cuestión muy naíf, era el inicio muy inocente dentro de una vorágine de cosas que se ha tragado a nuestro país y luego al continente, porque es la misma situación de todos, incluido México. Entonces, parte de sentir que hay un tabú sobre el tema y de saber que éramos los mayores, los protagonistas más importantes en esa historia de origen; no éramos quienes estábamos contando la historia y, pues, ése fue el inicio de hacer esta película.

La empatía con la historia de Pájaros de verano va más allá de la situación que se está viviendo en la actualidad en México, sino también es acerca de esta magia que se da en estas raíces tan latinoamericanas de los pueblos indígenas. ¿Les fue difícil el acercamiento con las comunidades y filmar un tema tan delicado?

—No. No fue… Digamos que tuvimos un acercamiento con mucho tacto, también con mucho cuidado y con el deseo de aprender; pero también sabiendo que si algo iba a ser diferente en la película iba a ser ese mundo y ese encuentro con ese realismo mágico y ese realismo que está en la base de nuestras culturas, no solamente en el de la cultura wayú, sino en nuestras culturas latinoamericanas, que son las que han podido armonizar el tema espiritual con el tema real. Digamos, entonces, que para nosotros era una cosa súper importante poder contarlo desde allá, que es donde se da esa conexión con nosotros mismos y con todos esos motores espirituales de los personajes.

Sí fue difícil entrar a la comunidad, pues nosotros llegamos con el deseo de aprender y de crear con ellos, así que hicimos unas investigaciones rigurosas en el proceso de guión y el proceso de investigación con un antropólogo o gente de la región y, cuando ya fuimos a hacer la preproducción incorporamos a un 30 por ciento del equipo, que era wayú. Y este equipo se encargaba de corregir las cosas que no estaban bien y de ayudarnos también a acercarnos a la comunidad. Yo creo que estos temas y esta historia que ellos cuentan y, cuando uno se acerca a que se lo cuenten, la cuentan de una manera abierta, y digamos que sí es una comunidad cerrada y no tan entusiasta con el tema, pero pudimos lograr que se vincularan a la película. Y lo bonito, también, es el resultado: ellos fueron los primeros en verla y han estado muy contentos. Se la han apropiado, la han hecho suya. Es una cosa muy importante, también, para el pueblo wayú, para hablar de sus conocimientos y tradiciones. Es un pueblo muy rico en cultura y tradición.

¿Qué me puedes decir de tu selección de actores?, ¿echaron mano de personas indígenas para que aparecieran en la película?

—Una de las primeras personas que nos empezó a contar su historia de su relación con la Bonanza marimbera* es quien interpreta al personaje de Aníbal. Él estuvo partícipe de la época. Lo conocimos hace muchos años haciendo otra película en la región, interpretando también el papel de marimbero, y él nos contó muchas cosas, muchas historias. Luego, en el proceso de casting nos estábamos enfocando más en encontrar a la familia, en construir esa familia, e hicimos un llamado a casting en Rioacha (al norte de Colombia) y, luego, obviamente, el tipo de personas que queríamos fue como los que empezaron a llegar, fuimos a buscarlos de comunidad en comunidad, por un lado, y nos encontramos con la dificultad de que iba a ser muy difícil trabajar con no actores, darles estos arcos dramáticos y temporales tan fuertes que tiene la película. Así que también hicimos un casting de actores profesionales y nos encontramos con orígenes y backgrounds muy diferentes, algunos salidos de la televisión: Carmina es una mujer con experiencia muy fuerte en teatro, pero que nunca había hecho cine, pero que es de la región. Nos dimos a la tarea de trabajar con Gustavo Moyano, que es el jefe de casting con el que hemos trabajado en nuestras películas, nos ayudó a encontrar estas caras y estos personajes.

La película ha viajado por muchas partes del mundo. ¿Con qué te quedas de lo que te han dicho las personas que la han visto y que son ajenas a los pueblos latinoamericanos?

—Pues me quedo con que la gente que es ajena la siente como si fuera suya. Es una historia que podría haber sucedido en su familia. Me quedo con que la gente se conecta desde la empatía, desde sentirse parte de esa situación, lo que nosotros queríamos, también, era mirar eso sin juzgamientos, sin hablar de buenos y malos, sin hablar de víctimas y de victimarios; sino de acercarnos a un contexto en el que los personajes están metidos en un destino trágico, una situación que se los ha llevado por delante. Y creo esto es una cosa que ha sido leída, se siente, por todo el mundo como parte y dentro de esa familia y tienen la empatía para entender qué sucedió y el contexto, también.

Otra cosas muy fuerte que ha sucedido con la película es hablar del poder femenino, que no solamente está en las sociedades matriarcales. Sino que es hablar del poder femenino en un mundo tan machista que es el de la película. Entonces, pues digamos que, esas son cosas que rondan las conversaciones y la nueva visión sobre el género y sobre el mundo gángster y que ronda el interés de mucha gente en la película y la conexión más profunda.

O sea, en lugares como en Estocolmo, la gente me preguntaba mucho por el mundo espiritual de la película. Es una cosa súper bonita que creo tenemos nosotros en nuestro profundo mundo latinoamericano y algo que tenemos qué conectar en un mundo globalizado: que todo este espacio espiritual parte de muchas áreas, de muchas culturas, de muchos conocimientos, y la falta de comunicación de esos mundos es lo que nos lleva a la barbarie y la violencia tan salvaje en la que vivimos.

*Periodo de 10 años (aproximadamente entre 1975 y 1985) durante el cual se produjo una entrada de grandes cantidades de dólares a Colombia, producto de la actividad de bandas de narcotraficantes que se dedicaron al cultivo y exportación ilícita de marihuana.