Las herederas o la crisis hecha oportunidad

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Escondida, detrás de la puerta, Chela ve con dolor como sus adoradas y significativas posesiones son convertidas en algunos dólares o desdeñadas por las intrusas mujeres ricas que se atreven a entrar a su hogar para ver con cara de desprecio un mueble, la vajilla o un cuadro valioso en ambos sentidos de la expresión: el de lo estimativo y el del económico. Son objetos que cuentan historias de un pasado muy feliz que será complicado que vuelva, tanto para la que se oculta como para Chiquita, la adorada pareja de Chela, quien responde a las morbosas preguntas de las compradoras potenciales sobre el precio de un menaje de casa que poco a poco, conforme desparece, va abriendo espacios que denotan la falta de dinero en un viejo tapiz despegado o en una pared humedecida por la falta de mantenimiento.

Chela y Chiquita vieron pasar tiempos mejores hasta que la desgracia económica paraguaya las alcanzó, para alejarlas continuamente de un mundo al que, por más que intentan aparentar ante sus conocidas, ya no pertenecen.

Lo que parece ser el tiro de gracia es el encarcelamiento del que Chiquita en víctima, cuando se le notifica judicialmente que está sentenciada a meses de prisión por haber caído en la trampa que la transformó de deudora en fraude.

Desolada Chela ya no puede aparentar ni ante la fiel Pati, quien más que servidumbre representa una conciencia. Hasta que la oportunidad se presenta en la forma de Pituca, una vecina que pide ser llevada en carro a una reunión de amigas. A regañadientes, Chela acepta el encargo, aunque trata de rechazar el pago mientras accede a regresar por la pasajera que corre la voz sobre la señora que puede llevar a las amigas cobrando lo mismo que un taxi, abriendo para la antes adinerada Chela un mundo nuevo y hasta distante sobre el comportamiento que ella misma tuvo en el pasado en su otrora entorno clasista, de comentarios aviesos en cuanto alguien da la espalda; pleno de superficialidad.

La siguiente sorpresa aparece cuando aparece Angy, una chica relativamente joven quien, en busca de un lugar emocionalmente firme, le pide a Chela hacer un viaje por carretera. Así, la vida de la heredera da otro vuelco que se contrasta en demasía cuando ella misma nota la transformación que el encierro hace de Chiquita, que ha adoptado las rudas formas de las otras prisioneras.

En su ópera prima, inexplicablemente ignorada en la terna de finalistas a la entrega del Oscar de 2019, el ya realizador total paraguayo, Marcelo Martinessi, hace un elegantísimo montaje lleno de mamparas en el que lo que no se ve le da un enorme significado a lo dicho o hecho por unos personajes física y metafóricamente encerrados que sólo anhelan salir de esos giros sobre su propio eje impuestos por las circunstancias.

Ni qué decir de las interpretaciones de todas las que intervienen en la puesta en escena, pero, sobre todo, de la soberbia Ana Brum, cuyo personaje de Chela nunca pierde la elegancia a pesar de la cantidad de sorpresas a las que se enfrenta a raíz de que, ante la desgracia, decide tomar en sus manos su destino propio, cual si se tratara del volante de un Mercedes Benz que sale a la luz de la calle desde una húmeda cochera.

Dirigida por Marcelo Martinessi

Ana Brun, Margarita Irun, Ana Ivanova

1h 38

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